El 8 de agosto perdí a otro ser querido

El 8 de agosto perdí a otro ser querido

Notapor pedro » 12 Ago 2020 18:38

Desafortunadamente llevo un tiempo sin ánimo de hacer publicaciones en internet, todas las desgracias
e infortunios contra los que he tenido que cargar durante años me han ido minando. Excepcionalmente
escribo estas líneas, el sábado 8 de agosto he perdido a otra persona a la que quería. Una tía materna
mía, el cáncer ha segado su vida en poco tiempo. Ese mismo día cumplía años su hijo mediano, el único
varón, era madre de dos hijas más. Originaria de Zamora, provincia a la que me desplacé el domingo
para estar en el tanatorio y después en la iglesia y el cementerio. Reposa ya con mis abuelos y al lado
de otra tía mía que también se llevó el cáncer en 2012.

Antes de mi nacimiento, hubo una época en la que mi tía llegó a vivir en Bilbao, en la compañía de mi madre
y alguna tía más. Llegaron a coincidir ellas trabajando en una empresa de Zamudio. No se quedó aquí en
Vizcaya mucho tiempo, el novio fue decidido y viajó en su búsqueda. Acabaron casándose.

Gracias a un libro de anotaciones de mi madre, hace unas semanas supe que mi tía estaba presente cuando yo en Zamora hablé mi primera palabra y dije <<papá>>. Tenía siete meses. Mi memoria respecto a ella, se remonta a momentos compartidos en la década de los ochenta. Las convivencias familiares de los veranos o en Los Santos o Semana Santa e incluso algunas Navidades o alguna otra festividad. Mis padres, mis hermanos y yo pasamos esas estancias en la casa de mis abuelos. En estas fechas, primera quincena de agosto de 1990, fue la última ocasión que el quinteto que hacíamos nosotros fuimos de vacaciones hasta allí. Mi abuela que había sido una mujer con una resistencia física increíble y muy trabajadora, en 1991 sufría una trombosis y quedó mermada. Duró hasta el 7 de febrero de 1998, los últimos meses en coma diabético. Atendida en otra de sus casas por cada una de sus hijas, turnándose cada quince días.

Mi tía heredó de mi abuela esa capacidad para el trabajo agrícola y atender el ganado. Recuerdo que cuando mis abuelos
no nos ponían la televisión, mis hermanos y yo solíamos ir en diferentes ocasiones a su casa para ver igual el coche
fantástico o V. Ella siempre pendiente de que procurásemos no despertar a mi tío si estaba echando la siesta. Alguna
vez me invitó a comer, para mí muy pronto el horario, igual sobre la una o una y media del mediodía. Cuando teníamos
que marchar de allí y regresar a Vizcaya, en varias ocasiones nos había preparado alguna sarta de chorizo, pastas caseras
o magdalenas. ¡Cómo pasan los años!, en enero de 2011, aprovechando que fui a Zamora a ver la jornada final de los
Campeonatos de España de Ciclocross, no quise volver sin coincidir con ella. Me obsequió un calendario de pared para
mi madre, del pueblo, de Montamarta. Ese año volvimos a vernos después en la misa del año del fallecimiento de mi
abuelo. En febrero de 2012 me alegré al saber que había venido a Bilbao, a visitar a la tía que luchaba contra el cáncer y
me animé a ir y estar con ellas en Txurdinaga. Prepararon una rica cena para mí, fue un sábado noche especial con dos
mujeres inolvidables. A principios de junio tuvo que viajar nuevamente a Bilbao, para acompañarnos en el tanatorio al
morir mi otra tía. Nos volvimos a ver en Zamora porque allí se hizo una misa y se depositaron sus cenizas en el panteón
del cementerio de Montamarta. En septiembre de 2013 compartimos la boda de una prima mía, aquí en el Palacio Artaza
y en la celebración en el Hotel Igeretxe. Por no extenderme mucho he reflejado algunas de mis vivencias con ella.

Además de la tristeza de perder a alguien tan especial, la sensación extraña de no poder abrazar, ni besar ni dar la mano
por el coronavirus a tus seres queridos. Mi agradecimiento para aquellas personas que estimaban y valoraban a mi tía y
acudieron al tanatorio, a la iglesia y las que se tuvieron que quedar fuera. También a las que me envíen el pésame tras
leerme y felicito a cada una de las que no he hecho una dedicatoria por sus cumpleaños estos meses.

En la imagen que captó uno de mis hermanos, me fotografió con su móvil hace tres días sin que yo me percatase, frente a la casa que fue de mis abuelos y en la que solíamos pasar las vacaciones u otras fechas señaladas. En esa zona estacionaba mi padre antiguamente los diferentes coches que utilizó para nuestros desplazamientos y al lado dejaban mis abuelos el carro de los burros. Y lo que lloraba yo de niño cuando tenía que despedirme de esos animales, mi abuelo me decía que eran viejitos e igual no los volvería a ver. También el rostro apenado de mi abuela cada vez que debíamos regresar a Vizcaya, al despedirse de nosotros.

 
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